• El lugar donde vive el miedo

    Nota de la autora: preferiblemente, leer antes El abrazo del vacío para una mejor comprensión del texto.


    Nunca baso los textos que publico aquí en vivencias personales, pero hace unos meses escribí El abrazo del vacío y, nada más leerlo, supe que necesitaba publicarlo y escribir una segunda parte. Durante muchos meses imaginé cómo sería el momento en el que podría escribirla. Finalmente, después de mucho tiempo, aquello que tantas veces había soñado se presentó como una realidad, pero fue tan efímera que apenas conservo unas pocas líneas del texto que iba a ser la continuación al vacío.

    Recuerdo empezar a escribir con ilusión y sintiendo cada una de las palabras que dejaba plasmadas. No planifiqué nada en esa ocasión, aunque tampoco hizo falta. El sueño se hizo realidad, y escribir fue más fácil que nunca. Pero, cuando parecía que el momento efímero iba a convertirse en duradero, se esfumó. El vacío volvió a aparecer. Así, del mismo modo que vino, rápido, desapareció, dejándome con una sensación de pérdida que aún siento a veces.

    Sin darme cuenta, la idea que tanto había ansiado escribir ya no tenía sentido. Guardé el texto como quién guarda cualquier objeto en un cajón, sabiendo que nunca más volverá a usarlo. Así me sentía yo: anhelando una realidad que parecía que nunca tendría. Aún conservo las pocas líneas que escribí, aunque no he sido capaz de volver a ellas. Sin embargo, confío en que algún día pueda abrir el cajón, quitarle el polvo y, finalmente, sentir aquello que empecé a escribir. Confío en que todo llega, y también lo hará el final que ahora se ha quedado en un ojalá.

    En el que iba a ser el texto, cuyo nombre prefiero guardar hasta el momento en el que lo acabe, hablo del después del vacío. ¿Qué sucede cuándo nos liberamos de él? ¿Qué ocurre cuando el eje de tu vida deja de serlo y se te presentan posibilidades infinitas de seguir adelante? Cuando creía que el (hasta entonces) eje de mi vida había dejado de serlo, volvió. Pero esta vez no lo hizo solo, sino que lo acompañaban otras emociones y sensaciones que, a pesar de resultar conocidas, son difíciles de definir.

    Era el miedo. También la incertidumbre. Y, como no, la impotencia.

    Eran todas ellas y a la vez ninguna. Como he dicho antes, no creo que haya una forma clara de explicar este manojo de sensaciones, pero las catalogaciones que acabo de hacer, y algunas otras de las que ya hablaré más adelante, son las que más se le asemejan.

    Hace un tiempo escribí unas líneas sobre el conjunto que quiero dejar plasmadas aquí también: «Hay un lugar, en el interior de todos nosotros, donde el miedo habita. Se balancea y juega a aparecer y desaparecer; a veces carente de todo sentido, en otras ocasiones sin necesidad de justificarse. Hay un lugar, en nuestro interior, donde el eco del miedo se transforma en una voz firme que grita y que nos apela. Ese lugar, el del miedo, también puede convertirse en nuestro lugar sin que seamos conscientes de ello, o siendo conscientes cuando ya no queda más remedio que aceptarlo y subordinarnos a él».

    La mayoría de las veces que hablamos de esta emoción, hacemos referencia a la misma como una cosa, algo que viene y va; pasajero. Nunca lo hemos entendido en términos de lugar porque nunca le hemos dado la consideración que debería tener. El miedo, aunque muchas veces necesario, deja de ser una emoción cuando se vuelve parte de la rutina y cuando comienza a vivir en uno mismo —que no con uno mismo—. En ese preciso momento, que muchas veces ignoramos, se transforma en un lugar, el lugar más peligroso en el que alguien puede vivir. Parece ser que, para poder tener en cuenta este cambio, hayamos de trazar un límite: ¿en qué momento el miedo comienza a ser un lugar? Por mucho que queramos llegar a una respuesta, nunca lo conseguiremos: las emociones no entienden de forma, proporción ni objetividad. Y, a pesar de que esa también sea su magia, muchas veces será lo que nos impida identificar con claridad escenarios como este. 

    Otro de los aspectos del miedo que cabe considerar es que nunca se presenta igual para la misma persona. No lo entendemos como un estado de angustia o extrema preocupación, sino como un monstruo que, poco a poco, se alimenta de nosotros. Consigue transformar aquellas cosas por las que sentíamos felicidad, esperanza o ilusión en preocupaciones que, todas juntas, suponen un gran peso con el que cargar. Hace que nos cuestionemos las cosas hasta el extremo de ver problemas donde nunca los habrá y, más allá de esto, provoca que vivamos con una preocupación constante y absorbente. Nos absorbe a nosotros, absorbe nuestra vida antes de su aparición y deja que vivamos condicionados por él.

    Puede ser que, durante mucho tiempo, lo hayamos subestimado. Todo, en su medida correcta, es necesario; el miedo también, pero hay que saber diferenciar entre un miedo que aporta y un miedo que destruye. Porque, aunque a veces forme parte de la medida, en otras ocasiones rompe con toda racionalidad. En el segundo caso, ese es su objetivo: despojarnos de la capacidad de analizar una situación y hacernos sumisos a él. Convertirse en un lugar y quedarse a vivir en nosotros. 

    En ese preciso momento, en el que nosotros habitamos el miedo y no es el miedo quien habita en nosotros, cambiamos nuestra forma de apreciar, sentir y vivir. Surge inconscientemente un antes, un ahora y un después.

    El antes lo conforman la aparición de los primeros síntomas —un presentimiento de lo que puede llegar a suceder o, más bien, un aviso de lo que está por venir— y también los últimos recuerdos que tendremos de la realidad sin él. El ahora es el miedo en su estado más puro, invadiendo nuestra cotidianidad y reduciendo todo a él. El después, sin embargo, siempre viene acompañado de un interrogante: ¿lo habrá, o no lo habrá? Tal vez haga falta creer que ese después va a convertirse en una realidad para que suceda. Puede que tengamos que confiar ciegamente en que el miedo nos dejará marchar, porque no conoceremos la respuesta hasta que vivamos en ella y el miedo se haya transformado en un eco de lo que un día fue.

    Posiblemente estos tres momentos se difuminen y los vivamos todos y ninguno a la vez. Quién sabe. Lo que es seguro es que nada es para siempre y, al final, llegará nuestro después y todo se llenará de la luz con la que tanto soñábamos. Algún día el miedo se irá y dejará paso a la esperanza, la luz y el color. Y, cuando ese momento llegue, abriré el cajón, limpiaré el polvo y las palabras que quedaron inacabadas tendrán el mejor de los finales posibles.

  • La teoria de les dos taronges

    Fa un temps vaig sentir una frase (no sabria dir-vos de qui, però va cridar-me molt l’atenció) relacionada amb l’amor de parella, que deia així: no som mitja i mitja taronja, sinó dos taronges senceres. 

    Parlar d’amor implica fer referència a un sentiment extern, lluny de la individualitat: es pot tractar des del punt de vista familiar, el de les amistats, fer referència a l’amor que ens donen les nostres mascotes i, aquell que més s’escolta, l’amor de parella. Però, si ens n’adonem, ningú no parla de l’amor propi, el que constitueix la base de tots els anteriors. Estimar-nos correctament, amb les nostres virtuts i els nostres defectes, és el principi del sentiment. Tot comença en nosaltres i allò que desitgem és una projecció o bé del que tenim, o bé del que ens falta. És impossible, per tant, estimar qualsevol persona si no ens sabem estimar primer, ni si desconeixem el rerefons del sentiment. Què és i què implica? 

    L’amor, més enllà d’un sentiment més, és la base de tot. No podem odiar, envejar ni anhelar sense estimar. Per aquest motiu, la vida pot semblar una recerca constant d’amor, especialment d’extern. Sembla que necessitem compartir els nostres dies amb una altra persona i, per tant, associem aquest desig a disposar d’una font d’amor. Alié, és clar. Ningú no pensa en ell mateix quan en parla, i aquest pot estar l’origen del problema.  

    Sempre hem tractat l’amor de parella com a un tot, com a dues persones que es transformen en una sola. En eixa consideració no queda lloc per al desenvolupament individual, per a créixer com a individus gràcies a tot allò que estar amb una altra persona ens aporta. Baix la metàfora de les taronges, hem de saber entendre que compartir la vida amb la persona que estimem no vol dir que la nostra existència s’hi veja reduïda. Tot el contrari. Hauria de complementar-nos i fer-nos aprendre més, tant sobre la nostra parella com sobre nosaltres mateixos. No hauríem de ser mitja taronja que troba la seua altra meitat, sinó dos taronges que s’han adonat que la vida és millor al costat de l’altra. Tot i que, si en algun moment deixen de gaudir-ne de la companyia, saben que la seua existència no perdrà tot el sentit ni tot el color.  

    Aquestes idees no haurien de ser incompatibles amb el concepte d’amor, amb estimar una altra persona. Tampoc no fan referència a negar l’existència del sentiment, perquè aquest és latent i viu, indubtablement, i si ens hi fixem, ens envolta. Allò a què faig referència és a complementar-se i saber estimar-se des de la individualitat de cada persona, no des de la dependència. És a dir, saber qui som i què volem, saber estimar i valorar la vida amb una altra persona al nostre costat, i alhora sense eixa persona. Sentir-se afortunats per haver trobat un company o una companya de vida i, alhora, saber que la nostra felicitat depén exclusivament de nosaltres, però que es veu complementada per moltes altres persones que tenen un paper especial en la nostra vida.  

    Una altra paraula en la qual no puc evitar pensar és el conformisme. Un sentiment que, sovint, sorgeix de la necessitat de ser i de sentir-se estimats. Estar amb una altra persona comporta implicació i balanç: les relacions no sempre són cinquanta-cinquanta. Aquesta idealització escapa de la realitat, perquè la vida no és lineal. Amor també és saber que, els dies en què una de les dues parts no puga, l’altra el sostindrà, i ocorrerà el mateix a l’inrevés. Ningú no mereix menys ni tampoc hauria de conformar-s’hi. Estimar no implica cap obligació ni cap càrrega. Tot el contrari. L’amor, el que naix del cor, és sinònim d’implicació, de compromís i de reciprocitat. 

    L’amor, si ho pensem, s’allunya cada vegada més del tòpic de la mitja taronja i s’acosta a la realitat. Una realitat que ens ensenya que la plenitud comença en nosaltres mateixos, que som una taronja sencera i que, una vegada sabem estimar-nos, decidim compartir la vida amb una altra persona amb qui sumen dos i no un.

  • Las horas lentas

    Parecía una escena digna de película. Me desperté en una habitación con vistas a una playa que, a esas horas de la mañana, estaba desierta. Los primeros rayos de luz del día, tímidos, treparon por las sábanas hasta iluminarme el rostro, y el sonido de las olas rompiendo contra el espigón arropó la escena que estaba produciéndose. Una suave brisa entraba por la rendija de la ventana y el olor a mar perfumó la habitación. Sabía que el día empezaría de forma diferente y, cuando miré el reloj, me alegré de haberme despertado bastante antes de que la alarma sonara.  

    Me abracé las rodillas y me quedé unos minutos contemplando la escena que acontecía frente a mis ojos. Igual de simple que especial. Ese era uno de los regalos de la vida, de los que no tienen precio pero que valen más que muchos materiales. Hubiera congelado el momento eternamente y, aunque no le hace nada de justicia y es imposible captar lo que sentí en una instantánea, inmortalicé el momento. A veces vuelvo a ver la foto y me acuerdo de aquella mañana e, irremediablemente, pienso en las horas lentas. 

    Siempre me ha gustado pensar que el tiempo ralentiza los momentos mágicos para que podamos apreciarlos más y mejor y para que, cuando nos acordemos de ellos en un futuro, lo podamos hacer desde el cariño, la nostalgia y la sensación de haber disfrutado de las horas lentas. No me refiero a aquellas que el aburrimiento o la rutina llena, las tediosas, sino a las lentas y, por tanto, mágicas. Cuando el tiempo se pone de acuerdo con el corazón y deciden hacer que momentos cargados de sentimiento nos parezcan más largos. 

    Apenas fueron diez minutos los que estuve sintiendo todo lo que sucedía, pero me bastaron para llegar a la conclusión de que la vida pasa demasiado rápido. O, más bien, hacemos que pase demasiado rápido. No me refiero a cumplir años, echar la vista atrás y ver que el tiempo se ha vuelto a esfumar, sino de no ser conscientes de la importancia de parar y admirar todo lo que nos rodea. De no ser conscientes de todo lo que nos perdemos a diario por estar más pendientes de cumplir con los horarios y de llevar una vida cronometrada. 

    No me refiero, tampoco, a escapar de las obligaciones ni prescindir de la rutina. Hablo de saber encontrar un balance en el día a día que nos permita escapar por unos instantes de los horarios, las prisas y el agobio, y de encontrar un hueco en el croquis que suelen ser nuestros días últimamente. Disfrutar de pasar un rato con las persona que más quieres, desayunar mientras sale el Sol o ir a la playa a escuchar el sonido de las olas. 

    Eso son las horas lentas. El momento en el que el tiempo decide ralentizarse, cuando todo se alinea para poder valorar más y sentir más. Los instantes que creemos más prescindibles y que, al final, son algunos de los que más recordaremos y a los que más desearíamos volver. Un recordatorio de parte del tiempo y de la vida para ser conscientes de todo aquello que nos rodea, de vivir en el momento presente y agradecer poder vivir momentos tan pequeños en apariencia, pero tan especiales al mismo tiempo.

  • Las historias perdidas

    Una de las cosas que más me gusta de irme de viaje es ser capaz de encontrar inspiración en cada rincón. Hace unas semanas, por ejemplo, me ocurrió algo parecido, y por eso estoy ahora escribiendo estas líneas. Si pudierais ver mi galería, descubriríais que está llena de frases que me he ido encontrando en diferentes sitios, detalles y objetos en los que nadie más parecía reparar y pequeños trazos de inspiración que me permiten, en gran medida, seguir escribiendo. 

    Encontré este osito de peluche descansando en el castillo de Consuegra. Enseguida le hice una foto, sabiendo que me serviría de inspiración para escribir un texto y, efectivamente, lo hizo. Muchas veces, por no decir todas, escribo primero todo el texto y, al final, lo enmarco gracias al título. Sin embargo, el de hoy es una excepción. Nada más ver el peluche supe que tenía que escribir algo que se titulase “Las historias perdidas”, y ahora mismo ya es una realidad. 

    Si nos fijamos un poco en nuestro alrededor, descubriremos que vivimos rodeados de historias perdidas que nos llegan a través de objetos (o de otras muchas formas), como el osito. ¿Cuántas vidas habrá tenido? ¿Qué lugares habrá conocido? ¿Por qué descansa aquí, y no se encuentra refugiado en el abrazo de un niño? Aunque, sin duda, la pregunta que me vino a la mente nada más verlo, fue la siguiente: ¿lo echará alguien de menos? Nada más verlo pude imaginar a ese niño o a esa niña que buscaba desesperadamente el peluche, que se preguntaba dónde podría haberlo perdido… Tal vez no era la primera historia que el osito podía contar, y tal vez tampoco había llegado hasta allí por casualidad. 

    Pero, ahora, vuelvo al tema del que quería hablar. Las historias perdidas. También las historias desconocidas, porque vivimos rodeados de ellas. Las podemos encontrar en todos los lugares que visitamos, en todas las personas que conocemos —o que creemos conocer— y en todos los objetos que nos encontramos y que también tienen su historia. Puede que lo más correcto hubiera sido que cualquier turista que se quedó prendado de aquel objeto lo hubiera llevado a conserjería y, posiblemente, habría encontrado a su dueño, pero eso no sucedió (al menos, hasta el día en el que yo visité el lugar. Quién sabe si habrá podido reunirse de nuevo con su familia y quién sabe si, finalmente, su historia habrá tenido un final feliz). Me atrevo a decir que eso también es parte de la magia de esas historias. A todos los que lo hemos visto, el peluche nos ha transmitido algo. Ternura, pena, curiosidad, nostalgia… Sin embargo, ninguno se ha atrevido a moverlo del que ya podríamos considerar su nuevo lugar. El escenario de una nueva historia. 

    Las historias perdidas esconden mucha magia detrás. La magia de lo desconocido y, por tanto, la magia de poder imaginarnos todas las posibilidades que nos ronden por la mente. Puede ser que, tan solo unas horas después de haber sacado la fotografía, llegara una familia con niños pequeños a ver el lugar. A lo mejor, fijándose en cada rincón del castillo, lo encontraron. Posiblemente —o no—, esa familia acabase el día siendo uno más. También puede ser que, después de tanto tiempo vacío, el castillo ahora tenga un nuevo habitante que decida construir su historia entre esos muros que le han acogido. 

    Y, si hablo de historias perdidas, no puedo dejarme sin mencionar todas aquellas que nosotros, los escritores, creamos, y que nunca, o tal vez alguna vez, verán su final. Las que quedan en borradores esperando que, algún día, encontremos el camino de vuelta, o el camino para continuarla, o simplemente el camino. Esas también son historias perdidas y constituyen otro universo paralelo. Ojalá poder hablaros un día de mi historia perdida, o encontrada… De momento, sigo buscando varios caminos.

    Por otro lado, no puedo evitar preguntarme qué consideramos por perdido. ¿Y si nosotros mismos también formamos parte de una gran historia perdida? Con esto no me refiero a desubicada, sino todo lo contrario. No creo que haya una palabra logre definirlo al completo, pero me imagino una pluma que, por unos instantes, deja de escribir. Para de plasmar las ideas para poder reformularlas y, una vez lo ha hecho, decide cambiar el rumbo de la historia que estaba escribiendo, decidir hacerla coincidir con otra. ¿Y si la vida no es más que eso, un conjunto de historias del que formamos parte por una temporada?

    Sin duda, creo que lo más bonito es aprender a encontrar este tipo de historias y a valorarlas, a ver la magia de las cosas desconocidas Y, por qué no, jugar a imaginarnos un pasado, un presente y un futuro. Y, como escritora que me considero, a inspirarme un poco también (guiño, guiño).

  • Sobre la felicidad

    La felicidad —o más bien, ser feliz— es una de las grandes incógnitas que no cuentan con una respuesta única ni sencilla, pero que ansiamos descubrir. Según el ritmo de vida actual parece que necesitemos ser felices y mostrar esa felicidad al mundo, a pesar de que haya perdido todo el sentido e incluso todo su significado. ¿Qué es, por tanto, este sentimiento? 

    Cuando pensamos en dicha palabra es posible que caigamos en algún que otro error. El primero de ellos se basa en pensar en esta como algo necesario de alcanzar. La buscamos ansiosamente y, cuando la hemos encontrado, la perseguimos y jugamos a atraparla hasta que la hacemos nuestra. El problema es que en algún momento acabará desapareciendo, y no sabremos qué hacer llegados este punto. 

    Otro error en el que podemos caer al pensar en la felicidad es atribuirla a una forma de vivir. Asumir que la única forma correcta de hacerlo es siempre poniendo la felicidad por delante de cualquier otra emoción, independientemente de sentirla o no hacerlo. Obviamos, por tanto, que nada en la vida sigue una dirección lineal, y que el balance siempre es la clave. También la damos por hecho pero, gracias a momentos que nada tienen que ver con este sentimiento, somos capaces de acordarnos de ella cuando no la sentimos y, cuando somos afortunados de vivirla, ser conscientes de su importancia. Posiblemente dejaríamos de valorarla si en ningún momento se alejara de nosotros. 

    Otra de las cosas que podemos confundir con la felicidad es la falsa idea que se ha creado a su alrededor. Vivimos en un mundo dominado por las redes sociales y la imagen que los otros quieren que veamos de ellos mismos. Una imagen en la que, por descontado y la mayoría de las veces, se obvian las partes más oscuras o, simplemente, las menos lucidoras de las vidas de cada uno de ellos y cada una ellas. ¿Qué imagen se está proyectando? Transformamos un altavoz que, bien usado ofrece miles de posibilidades, en uno de los orígenes de la falsa felicidad. Volvemos a olvidar el balance, el equilibrio y la importancia de aceptar todo lo que estemos sintiendo, confiando en que irá a mejor. Y, en caso de estar en ese “mejor”, confiando en que no irá a peor. 

    Yendo a lo realmente importante, ¿qué es la felicidad? Al contrario de lo que cualquier diccionario pueda indicarnos, la felicidad también es encontrar el balance en nuestra vida entre los momentos más dulces y los más amargos, siendo siempre conscientes de nuestra situación y valorando estos primeros, mientras confiamos en que los segundos acabarán pasando y en que, gracias a la perspectiva que nos otorga el tiempo, aprenderemos de ellos. 

    Entonces, una vez entendamos las verdaderas dimensiones de dicha palabra, habremos ganado en tranquilidad, en serenidad y en felicidad. Cuando sepamos valorar el conjunto y no solo el instante, cuando aprendamos a disfrutarlo y a recordarlo cuando nos sea necesario, y en el momento en que seamos conscientes de que somos felices, algo en nosotros cambiará y lo hará para mejor y, más importante aún, para siempre.